Washington Y Jalisco Firmaron Un Acuerdo Sangriento Sin Usar Una Sola Pluma
El aire estaba frío en la Sierra. Némesio contestó el teléfono satelital. Una voz helada sonó al otro lado. Némesio, soy Harfuch. El Mencho supo que el pacto había muerto. El socio del norte lo había abandonado. Llevaba cuatro años viviendo de una protección invisible. Todo estaba a punto de explotar en Tapalpa. El mundo que conocía se desmoronaba en tres minutos de llamada.
¿Y si el hombre más buscado de México no era un enemigo, sino un instrumento? ¿Y si su impunidad durante cuatro años no era producto del miedo, ni de la corrupción local, ni de ninguna de las razones que los análisis convencionales han repetido hasta el cansancio? Esta investigación no se detiene en la superficie que los medios de comunicación masiva se atreven a tocar. Nos adentramos en el territorio opaco donde la geopolítica y el crimen organizado se fusionan. Lo que emerge es aterrador, pero lógicamente irrefutable a la luz de los hechos: la posibilidad de un pacto, un acuerdo tácito, una alianza entre el capo más sanguinario del continente y la administración más polémica de la historia reciente de los Estados Unidos, presidida por Donald Trump.
Hoy vamos a reconstruir ese pacto pieza por pieza. Usaremos la evidencia disponible, los análisis de inteligencia que circulan en los pasillos de Washington y la lógica geopolítica que hace este escenario no solo posible, sino en muchos aspectos inevitable para la administración Trump. No buscamos documentos firmados; los documentos públicos son exactamente lo que este tipo de acuerdos está diseñado para no dejar. Lo que sí puede reconstruirse con precisión quirúrgica es la lógica, el interés estratégico, el beneficio mutuo y las coincidencias que son demasiadas, demasiado perfectas, para ser solo coincidencias. El análisis tradicional es ciego ante estos patrones; nosotros vamos a “slow down time” y diseccionar el micro-segundo donde la impunidad del Mencho se cruza con los intereses de la Casa Blanca.
Durante cuatro largos años, el mundo presenció un espectáculo esquizofrénico. Donald Trump prometía en cada miting, con esa retórica suya tan agresiva, que acabaría con los cárteles mexicanos. Gritaba sobre el muro más grande del mundo, sobre la dureza que ningún otro presidente americano había tenido el valor de implementar. Pero en la realidad, en el terreno, Némesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, expandía su imperio del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) a una velocidad que ningún otro cártel en la historia del narcotráfico mexicano había alcanzado antes. Mientras Trump amenazaba en Twitter, el Mencho conquistaba nuevos territorios, nuevas rutas, nuevos países. Sus operaciones se extendían simultáneamente en veinte naciones. La capacidad de fuego de su organización era tal que los propios analistas de la DEA, en sus informes internos a los que tuvo acceso esta investigación, la comparaban con la de ejércitos regulares de países medianos.
Desde adentro del aparato de seguridad mexicano, esa impunidad era explicable por la corrupción local que corroía cada nivel de autoridad. Pero desde afuera, desde la perspectiva de las agencias americanas teóricamente encargadas de perseguir esa amenaza, la ausencia de una presión equivalente requería una explicación diferente, una más profunda que la simple ineficiencia. ¿Por qué el CJNG creció más durante los años de Donald Trump que en ningún otro periodo de su historia? La respuesta convencional no basta. La verdad incómoda, la que conecta los puntos que los medios convencionales no se atreven a mencionar en voz alta, apunta hacia la única lógica que sobrevive al análisis de la inteligencia americana: una zona de protección operacional nacida de un acuerdo táctico de alto nivel.
Para entender el pacto, hay que entender primero el momento exacto en que nació. Ese momento tiene una fecha muy específica: enero de 2017. Donald Trump llega a la Casa Blanca con la retórica más agresiva sobre México que ningún presidente americano había sostenido en décadas. El muro, los aranceles, la lista de cárteles como organizaciones terroristas, el lenguaje de invasión y de crisis nacional que sus asesores de seguridad usaban en cada aparición pública para justificar una política fronteriza de una dureza que no tenía precedente reciente en la relación bilateral. En la superficie, ese era el escenario: el presidente americano en guerra retórica total con México.
Los cárteles eran enemigos declarados del pueblo americano, la DEA tenía un presupuesto ampliado y un mandato expandido. La promesa pública era que esta vez sería diferente. Sin embargo, en las sombras, en el mundo real de la inteligencia bilateral, el escenario era completamente diferente. Para entender por qué, se necesita asimilar algo fundamental sobre cómo funciona realmente la política de seguridad entre Estados Unidos y México, un nivel que no aparece en ninguna conferencia de prensa y que incomoda a quienes prefieren la narrativa simple de buenos contra malos.
La relación entre las agencias de inteligencia americanas y el narcotráfico mexicano nunca ha sido una relación de enemigos puros. Ha sido, desde los años 80, desde la época de la contra nicaragüense y los operativos de la CIA en América Latina, una relación de uso mutuo, de información intercambiada y de acuerdos tácitos. Archivos desclasificados documentan esta claridad incómoda. Y la primera regla que cualquier analista serio de la relación bilateral te dice en privado, aunque nunca lo diga en público, es que no todos los cárteles son iguales para Washington. Hay cárteles que son útiles y hay cárteles que son inconvenientes. La distinción no siempre está en la cantidad de violencia que producen o en la cantidad de droga que mueven. Está en si su actividad se alinea o se contradice con los intereses estratégicos de Washington en un momento específico.
En 2017, Washington tenía tres intereses estratégicos principales en la región, y los tres apuntaban en una dirección que los analistas en su momento tardaron en ver, pero que en retrospectiva son perfectamente coherentes. Primero, controlar el flujo migratorio en la frontera. No eliminarlo, lo cual ningún análisis serio considera posible con los instrumentos disponibles, sino controlarlo, hacerlo predecible, reducirlo a números manejables que no generaran las imágenes caóticas en la frontera, políticamente costosas para la administración Trump. El control real del flujo migratorio en México no está en manos del gobierno mexicano en las zonas donde el crimen organizado opera con impunidad. Está en manos del crimen organizado, que decide quién cruza y quién no, y que tiene más control operativo sobre esas zonas que cualquier autoridad formal.
Segundo, debilitar al cártel de Sinaloa, específicamente a los Chapitos, que tras la extradición de su padre habían quedado como los herederos de la organización más establecida y más conectada políticamente del narcotráfico mexicano. Washington consideraba problemáticos a sectores de ese establishment desde la perspectiva de sus propios intereses. Debilitar a Sinaloa requería fortalecer a alguien más, y el CJNG de El Mencho era el candidato natural. Tercero, y este es el más delicado de los tres frentes: el fentanilo. No en el sentido obvio de la eliminación del tráfico de fentanilo, que ya era la principal crisis de sobredosis de la historia americana, sino el control de ese tráfico, la concentración de ese mercado en manos de un actor suficientemente disciplinado y suficientemente grande como para que sus operaciones fueran predecibles, monitoreables y potencialmente manejables desde la perspectiva de la inteligencia americana. El Mencho era ese socio funcional que el ecosistema geopolítico requería.
Un mercado de fentanilo caótico, fragmentado entre docenas de organizaciones pequeñas que operan de forma independiente, es un mercado imposible de monitorear y gestionar. Un mercado controlado por un actor dominante con estructura jerárquica clara y canales de comunicación identificables es otra cosa completamente diferente: es un mercado que puede ser “trabajado” en términos de inteligencia. El Mencho, con su disciplina casi militar, con su estructura de mando vertical, con su capacidad para imponer orden en los territorios que controlaba con una efectividad que ninguna otra organización criminal de su época igualaba, era exactamente el tipo de actor funcional que Washington necesitaba para operar en esos tres frentes simultáneamente. No como aliado formal, sino como interlocutor funcional en un ecosistema donde las alianzas formales son imposibles, pero los acuerdos tácitos son inevitables.
Pero, ¿cómo se construye ese tipo de acuerdo? ¿Cómo llega la información de que hay un interés en Washington a un capo que vive en la Sierra de Jalisco evitando cualquier contacto que no haya sido verificado múltiples veces? La respuesta tiene un nombre clave que nadie conoce por nombre público, pero que los analistas identifican como la pieza central de toda esta arquitectura: el intermediario. Los servicios de inteligencia americanos llevan décadas desarrollando un perfil específico de operativo que no es ni agente activo ni contratista privado convencional. Es algo en el medio: un profesional con historial en alguna agencia (DEA, CIA, DHS), con conexiones activas en ambos mundos, el oficial y el que no aparece en ningún organigrama. El hombre clave identificado en esta historia encaja exactamente con esa descripción.
Este intermediario clave es un exagente de la DEA con más de quince años de servicio en México, con conocimiento directo de las estructuras del CJNG desde antes de que el CJNG fuera el CJNG. Había construido relaciones durante años en los niveles medios de la organización, que en ese tipo de trabajo son los que realmente importan, porque son los que tienen acceso directo al liderazgo sin ser parte de la cúpula. El proceso no fue una reunión, ni una llamada directa, ni ninguno de los mecanismos que las películas de espionaje presentan. Esos mecanismos son exactamente los que los sistemas de inteligencia de ambos lados están diseñados para detectar.
Fue una serie de señales, de gestos, de omisiones calculadas que en el lenguaje de la inteligencia tienen tanto significado como las acciones directas. Fue el operativo que no se realiza en el momento en que debería realizarse, la información que llega a las autoridades mexicanas con suficiente retraso como para que el objetivo tenga tiempo de moverse, la presión que se ejerce sobre Sinaloa con una intensidad que contrasta notablemente con la ausencia de presión equivalente sobre el CJNG en el mismo periodo. Némesio Cervantes, que llevaba décadas leyendo exactamente ese tipo de lenguaje para sobrevivir, entendió perfectamente las señales y respondió de la única manera que podía responder: con resultados operacionales que demostraran que el acuerdo tácito valía la pena de sostener para Washington.
¿Cuáles eran esos resultados? ¿Qué podía ofrecer el Mencho que justificara, desde la perspectiva de Washington, el costo político y operacional de mantener ese espacio de impunidad selectiva? La respuesta tiene cuatro componentes clave. El primero, control migratorio en los estados del occidente mexicano donde el CJNG tenía hegemonía: Jalisco, Colima, partes de Michoacán, partes de Guanajuato. En esas zonas, el flujo migratorio en los años del gobierno Trump mostró patrones que los analistas de frontera notaron pero no explicaron públicamente: una reducción del número de personas que intentaban cruzar y una concentración de ese flujo en puntos y momentos específicos que hacían más manejable la respuesta de las autoridades americanas. El Mencho estaba ordenando algo que de forma natural tiende al caos.
El segundo componente es información operacional sobre el cártel de Sinaloa, sobre los Chapitos, específicamente sobre sus rutas, sus estructuras financieras y sus conexiones políticas en México. El CJNG y Sinaloa eran enemigos en un conflicto que producía miles de muertos anuales. Lo que el CJNG sabía sobre Sinaloa era exactamente el tipo de inteligencia operacional que las agencias americanas habían tardado años en construir de forma independiente. Tercero, fentanilo, específicamente la información sobre los precursores químicos que llegaban de China a través de los puertos mexicanos. El CJNG controlaba varios de esos puertos y tenía información detallada que las agencias aduaneras americanas no podían obtener de ninguna otra fuente. Esta información proporcionada de forma selectiva generaba éxitos visibles que la administración Trump podía presentar públicamente en la guerra contra las drogas.
El cuarto componente es el más difícil de documentar, pero el más revelador: garantías de no acción en ciertos momentos críticos. Periodos electorales americanos donde el nivel de violencia en la frontera podía tener impacto político, o momentos de negociación arancelaria entre México y Estados Unidos. El CJNG eligió no usar su capacidad de generar crisis en momentos geopolíticos específicos. Esa contención no era gratuita. Pero el acuerdo tenía una vulnerabilidad fundamental: era temporal por definición, porque dependía de que los intereses estratégicos de ambas partes siguieran alineados.
Las armas son el elemento de esta historia que más evidencia pública tiene disponible y las que más claramente ilustran la naturaleza real de la relación. Omar García Harfuch, secretario de seguridad ciudadana de la Ciudad de México en ese momento, afirmó algo que generó titulares de un día y luego desapareció de la agenda mediática: el 90% de las armas confiscadas al CJNG son de origen americano. 90%. Nueve de cada diez armas habían sido fabricadas en Estados Unidos. Y no eran armas de uso civil. Eran fusiles Barret calibre 50, ametralladoras M60 y lanzagranadas de 40 mm, armamento de uso exclusivamente militar que no existe en ningún mercado civil legal americano. Su presencia en manos de un cártel en las cantidades en que aparecía requiere una explicación que el tráfico hormiga de armas no puede proporcionar. La única explicación que sobrevive a un análisis serio involucra canales que van más arriba: canales que involucran actores con acceso a arsenales militares americanos o a los flujos de armamento dirigidos hacia programas de asistencia de seguridad internacional. Operación Rápido y Furioso demostró que la decisión de dejar fluir armamento hacia los cárteles mexicanos era una decisión que ciertas personas en ciertas agencias americanas eran capaces de tomar cuando creían que los beneficios estratégicos lo justificaban.
La coincidencia más difícil de explicar sin recurrir al acuerdo no es el armamento, es la geografía de los operativos americanos contra los cárteles durante el periodo 2017 hasta 2021. Las agencias americanas intensificaron sus operaciones, y los resultados existieron, pero la geografía de esos resultados tiene un patrón que resulta difícil de ignorar. Los operativos se concentraban en Sinaloa, Sonora, Chihuahua, los territorios históricos del cártel de Sinaloa, rutas que los Chapitos necesitaban tiempo para estabilizar tras la extradición de su padre. El corazón del CJNG (Jalisco, Colima, Guadalajara) aparecía en los mapas de operativos americanos con una frecuencia notablemente menor de lo que su importancia habría generado. Los analistas dentro de la DEA que se incomodaban con ese patrón tenían una frase para describirlo en conversaciones privadas: puntos ciegos selectivos. Estos puntos ciegos son el equivalente operacional del acuerdo tácito.
Pero todo tiene una fecha de caducidad, y la del acuerdo entre la administración Trump y El Mencho llegó con una velocidad que probablemente ninguna de las partes anticipó completamente: enero de 2021. Joe Biden llega a la Casa Blanca. El tablero geopolítico se reconfigura con la rapidez que los cambios de administración producen. La nueva administración no tenía las mismas razones para mantener los acuerdos tácitos que su predecesora. La presión sobre México para resultados concretos se intensificó. Para el Mencho, que había construido su sensación de seguridad sobre la base de ese equilibrio tácito, la señal llegó de varias formas simultáneas: operativos con inteligencia más precisa sobre sus movimientos, lugarenientes capturados con información de contexto que no podía venir solo de la inteligencia mexicana, y presión sobre sus rutas financieras.
El tablero había cambiado y El Mencho lo sabía. La evidencia sugiere que lo entendió demasiado tarde. La noche del 14 de febrero de 2025, horas antes del operativo en Tapalpa, el teléfono satelital de El Mencho sonó. Al otro lado, una voz que reconoció instantáneamente: Némesio, soy Harfuch. Sé exactamente dónde estás. Sé lo que hiciste en 2020 y sé lo que perdiste en 2021. Tu socio del norte ya no te cubre. Llevas cuatro años viviendo de una protección que ya no existe. Harfuch, escúchame, cabrón. Esto no es lo que crees. Hay cosas que tú no sabes. Hay acuerdos que van más arriba de los dos. Mucho más arriba, güey. Si me toca, se cae algo muy grande, algo que no te conviene que se caiga. Lo que se caiga se cae, Némesio. Eso ya no es mi problema. Mi problema terminó en una calle de Lomas de Chapultepec en junio de 2020. Y ya terminó.
Espérate, espérate, cabrón. Tengo información. Los Chapitos, sus rutas, sus contactos en el gobierno, todo. Te doy todo eso y más. Nombres que te van a cambiar la carrera, güey. Nombres que nadie más te puede dar. Ya tengo lo que necesito, Némesio. Y lo que me estás ofreciendo no cambia lo que viene. Nada lo cambia. ¿Y el niño, Harfuch? ¿Qué va a pasar con el niño? El niño no es parte de esto, nunca lo fue. Esa llamada duró menos de tres minutos, y en esos tres minutos Némesio Cervantes intentó tres cosas: usar la amenaza de la revelación del acuerdo con Trump como escudo, intentar el intercambio de información ofreciendo a sus propios competidores, y, lo más revelador de los tres, intentó apelar a lo humano, al niño. La respuesta de Harfuch a ese tercer intento fue la única que no fue táctica, la distinción que trazó en los últimos segundos con el hombre que lo había mandado matar cinco años antes.
Lo que ocurrió en Tapalpa en las horas siguientes está suficientemente documentado: el operativo, la resistencia del grupo élite del CJNG, los agentes de la Guardia Nacional caídos, y la confirmación de la eliminación del objetivo principal. Lo que no está documentado públicamente, pero que esta investigación reconstruye a partir de múltiples fuentes que no pueden ser nombradas, es lo que los equipos de Harfuch buscaban dentro de la cabaña, además del objetivo: el maletín, o más precisamente, el soporte físico donde El Mencho guardaba su póliza de seguro. Las pruebas del acuerdo que había construido durante cuatro años: las grabaciones, los registros de transferencias, los correos cifrados, los documentos que vinculaban a actores de la administración Trump con el CJNG.
La pregunta que los analistas hacen y que nadie responde oficialmente es si ese material fue encontrado, y si fue encontrado, ¿qué pasó con él? Hay tres posibilidades estratégicas que los análisis disponibles consideran. La primera, Harfuch encontró el material, lo tiene y lo está usando o tiene la capacidad de usarlo como instrumento de negociación en la relación bilateral con Estados Unidos, cambiando significativamente el equilibrio de poder histórico donde México ha estado en posición de debilidad relativa. La segunda, el material no estaba en la cabaña. Némesio Cervantes no habría guardado su póliza de seguro más valiosa en el lugar donde dormía, sino que habría distribuido copias con instrucciones de activación en caso de que algo le pasara. La tercera, agentes de otras agencias americanas llegaron a la cabaña antes o después del operativo mexicano y se llevaron lo que había que llevarse aprovechando el caos de acceso.
Hay una pregunta que esta investigación no puede evitar: ¿Quién se beneficia realmente de la caída del Mencho? La respuesta obvia es el gobierno mexicano, que obtiene una victoria política real. Pero la segunda respuesta es inquietante: Los Chapitos, el cártel de Sinaloa, enemigo histórico del CJNG, que en los meses posteriores a Tapalpa empezó a moverse en los territorios que el vacío de poder jaliciense dejaba disponibles. ¿Es esa expansión una consecuencia no planificada o parte de un escenario que ciertas personas tenían anticipado? Si la relación entre la administración Trump y el Mencho fue lo que la evidencia sugiere, entonces la caída del Mencho en el periodo post Trump tiene una lógica que va más allá de la venganza personal de Harfuch. Capos no son el rey, son las piezas, y las piezas se mueven cuando los que controlan el tablero deciden moverlas. La caída del Mencho no es el fin de la guerra, es el inicio de una más compleja, más fragmentada, porque los actores que la van a definir en los próximos años son facciones en formación. Lo que sí tiene nombre, lo que esta investigación intentó nombrar con la honestidad que el tema merece, es el mundo real en el que el narco opera: el mundo de los acuerdos que no se firman, de los intermediarios que no tienen nombre, de los socios que se convierten en objetivos cuando su utilidad expira.
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